“Ella pensó que él nunca despertaría, hasta que la enfermera hizo algo que no debía haber hecho…”

Sobre su hombro. La atrajo hacia sí.

—Qué irónico —murmuró ella—. Todo empezó con el peor error de mi vida.

Alejandro lo negó lentamente.

—No. Todo empezó con el acto más humano de todos. Una mujer vio a un hombre al que el mundo ya había enterrado… y decidió tratarlo como si aún pudiera volver.

Mariana apoyó la frente en su hombro.

A veces, todavía le costaba creerlo. Que el miedo se hubiera detenido allí. Que las noches en el hospital hubieran quedado atrás. Que la culpa se hubiera transformado en algo tan puro.

El sol comenzaba a ponerse cuando Alejandro apenas se apartó para mirarla a los ojos.

—Hay algo más.

—¿Qué?

Sonrió extrañamente, casi como un niño.

—Compré el terreno de al lado.

—¿Por qué? —Para construir un centro de rehabilitación.

Los ojos de Mariana se abrieron de par en par.

—¿Hablas en serio?

—Sí. Y quiero ponerle tu nombre. Se quedó sin palabras.

—No —dijo finalmente—. No voy a permitir que le pongas mi nombre a un edificio.

—Entonces cásate conmigo y lo llamaremos «Centro Mariana Ferrer».

Ahora estaba petrificada.

—¿Qué?

Alejandro sacó una pequeña caja del bolsillo interior de su chaqueta. No era ostentosa. Simplemente elegante. Al abrirla, un sencillo anillo brilló bajo la luz anaranjada del atardecer.

—No te lo pido porque me salvaste. Ni porque me cuidaste. Ni porque me devolviste la vida. Te lo pido porque contigo no tengo que fingir ser invencible. Porque contigo, incluso mis ruinas han encontrado la paz. Y porque después de pasar dos años prisionero en la oscuridad, no pienso perder ni un día más lejos de la única mujer que logró traerme de vuelta.

Mariana rompió a llorar antes de que él terminara.

—Alejandro… yo…

—Puedes decir que no. Pero no demasiado tarde, porque me cuesta mantenerme de rodillas.

Ella rió entre sollozos y se arrojó a sus brazos antes de que él terminara de inclinarse.

—Sí —murmuró él—. Sí, sí, por supuesto.

Alejandro cerró los ojos, abrumado por una felicidad tan profunda que casi le dolía.

La besó con ternura, lentamente, como si quisiera borrar para siempre el recuerdo de aquel primer beso robado y transformarlo, por fin, en algo que ambos eligieran.

Detrás de ellos, el cielo mexicano resplandecía con tonos dorados y rosados. El pasado aún existía, con sus cicatrices, su traición y su sombra. Pero ya no gobernaba sus vidas.

Porque a veces, el amor no llega cuando todo va bien.

A veces, llega cuando una habitación huele a desinfectante, cuando una máquina dicta el ritmo de una existencia suspendida, cuando el mundo entero ha dejado de esperar un milagro.

Y sin embargo, una mujer cansada y solitaria, llena de ternura y miedo, se inclina sobre un hombre al que todos consideran perdido… y lo besa.

Un beso absurdo.

Un beso prohibido.

Un beso destinado a no significar nada.

Y ese termina siendo el comienzo de todo.

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