Era su manera de recordar que alguien seguía ahí. Aunque fuera una posibilidad remota.
—Yo… no pensé que pudiera oírme.
—Yo tampoco —dijo con una media sonrisa triste—. Pero creo que eras lo único humano que me mantenía atado a este mundo.
Mariana bajó la mirada.
Entonces añadió en voz aún más baja:
—También sé que algo andaba mal el día de mi accidente.
Ella lo miró de nuevo.
La expresión de Alejandro había cambiado. Ya no era la del paciente vulnerable. Era la de un hombre acostumbrado a reconstruir piezas invisibles.
—No fue un accidente —dijo.
La investigación comenzó en secreto.
No con la policía. Todavía no.
Alejandro fingía una mayor desorientación frente a su familia. Era frágil, dependiente, confuso. Solo permitía visitas breves. Sonreía cuando era necesario. Escuchaba mucho y hablaba poco.
Solo confiaba en dos personas: su antiguo abogado, Esteban Ledesma, quien había sido leal a su padre antes de su muerte; y, contra toda lógica, Mariana.
«No debería meterme en esto», le dijo ella una noche.
«Tienes razón», respondió él. «Pero ella ya está involucrada».
No era una amenaza. Era una afirmación.
Y era cierto.
Dos días después, Mariana escuchó algo que destrozó cualquier ilusión de neutralidad.
Había ido al ala privada a dejar unos archivos cuando oyó voces en la pequeña sala familiar contigua a la de Alejandro. La puerta estaba entreabierta.
Reconoció la voz de Rebeca.
«Si recuperas la memoria por completo, estamos perdidos».
Mariana se quedó paralizada.
Otra voz respondió. La de Doña Teresa.
«Compórtate». «Mientras no recuerdes el puente, estamos a salvo».
¿Y si recuerdas que los frenos fallaron antes?
Cállate. Se oye hasta a través de las paredes.
Fuiste tú quien insistió en que firmara la transferencia esa misma noche.
Y fuiste tú quien lo drogó para que saliera de la casa, pensando que estaba paranoico.
Mariana sintió un nudo en el estómago.
Se tapó la boca con la mano.
El corazón le latía tan fuerte que tenía miedo de emitir un sonido. Retrocedió un paso justo cuando oyó el taconeo de unos zapatos que se acercaban. Corrió por el pasillo de servicio y no se detuvo hasta llegar al almacén.
Allí, con las manos temblorosas, comprendió la magnitud de lo que estaba sucediendo.
No solo querían controlar la fortuna de Alejandro.
Habían intentado matarlo.
Cuando se lo conté, Alejandro cerró los ojos durante un largo instante.
No parecía sorprendido.
Parecía devastado.
—Siempre supe que Rebekah estaba conmigo por el dinero —dijo finalmente—. Pero mi madre…
Mariana se quedó sin palabras.
Él soltó una risa quebrada.
—Toda mi vida creí que tenía que ganarme su afecto. Construí imperios para impresionarla. Compré hoteles, torres, terrenos. Y aun así, no fue suficiente.
—Quizás no se trata de ti —murmuró Mariana—. Quizás hay gente que no sabe amar a nadie.
Alejandro la miró.
Un silencio denso, íntimo y peligroso flotaba en el aire.
—Y tú lo haces —dijo.
Mariana retrocedió un paso.
—No digas eso.
—¿Por qué? ¿Porque soy tu paciente? ¿Por qué estoy casada? ¿O porque todavía crees que lo que pasó esa noche fue un error del que deberías avergonzarte?
Paleó.
Lo había dicho.
El beso.
Mariana no pudo sostenerle la mirada.
—No debí haber hecho eso —murmuró—. Fue un error terrible. Si quieres delatarme, estás en tu derecho. Lo aceptaré.
Alejandro la miró como si fuera la confesión más dolorosa que había escuchado en años.
—Mariana… Desperté abrazando a una mujer que me había mostrado la primera ternura genuina que recibía en mucho tiempo. No voy a humillarla por eso.
Apretó los labios, conteniendo las lágrimas.
—No lo entiendes…
—No. Tú no lo entiendes. —Su voz se volvió más firme—. Desperté rodeada de gente que quería mi firma, mi dinero o mi silencio. Y la única persona que temblaba, no de ambición, sino de culpa, eras tú.
Mariana salió de la habitación antes de desplomarse frente a él.
Pero algo ya había cambiado para siempre.
El recuerdo regresó fragmentado.
El puente.
La lluvia.
La conversación con Rebeca esa tarde.
La transferencia de acciones a una empresa fantasma.
La llamada de su madre, exigiéndole que firmara “por el bien de la familia”.
Luego, una imagen nítida y brutal:
Salió de casa aturdido.
El sabor amargo de la bebida adulterada.
Los frenos estaban lentos.
El volante vibraba.
Las luces se acercaban.
El barranco.
Cuando finalmente pudo recordar casi todo, solicitó una reunión familiar.
Doña Teresa arr